Carlos Martínez, sembrador de Paz y Alegría desde su pescadería de Oviedo

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CONFERENCIA PRONUNCIADA POR BENIGNO BLANCO,
EN LA  INAGURACION DE LA NUEVA SEDE DE PEÑAVERA

OVIEDO, 24 DE ABRIL DE 1.999

         En primer lugar, quiero agradecer la invitación a estar aquí, porque, para mí volver a Peñavera es casi como volver a mi casa de pequeño.

Antes, me preguntaba un periodista que qué hacía un secretario de Estado de Medio Ambiente en la inauguración de Peñavera. Y yo le decía que estaba aquí porque a Peñavera le estoy muy agradecido. Si tengo que identificar –cosa que siempre es difícil– mis grandes influencias en la primera juventud y en la adolescencia –y, por lo tanto, las herencias de las que soy deudor en lo que pueda tener de bueno– claramente son de mi familia y de Peñavera, donde he aprendido casi todo lo que sé.

Por lo tanto, no voy a dar una conferencia, como dice el programa, porque me parece absurdo venir a mi casa a dar conferencias. Voy a contaros únicamente algunas de mis impresiones y recuerdos de Peñavera.

Yo aparecí por Peñavera en una excursión de montaña de las que ha citado antes Jorge. Teníamos en casa la vieja tradición de ir a la montaña. Yo iba con mi padre y entre los que nos acompañaban del pueblo a la montaña había algunas personas que iban por Peñavera de Mieres. Y una vez nos invitaron –Nacho estaba también– a ir a una excursión con un grupo de amigos. A la vuelta, nos enseñaron la vieja y querida Peñavera de Mieres. Y, a partir de un momento, comenzamos a ir de una forma habitual a estudiar, a hacer deporte y a excursiones los fines de semana.

Tengo que decir que en Peñavera se me abrió un mundo nuevo, en el sentido de que, aparte de ver algunas cualidades humanas que ahora tengo en la memoria y que me sirven de acicate moral en muchas ocasiones, descubrí por primera vez en mi vida grandes ideales. Vi que, incluso desde un pequeño pueblo de la cuenca minera, se podía intentar aspirar a cosas importantes con un esfuerzo grande.

Me acuerdo una vez que Manolo Prieto, en una de las muchas liadas que me hizo, me invitó a pasar un verano entero cobrando recibos impagados de la Escuela del Automóvil de Peñavera. Y yo me pateé Oviedo y sus barrios, con mis 13 años, con los recibos. Supongo que cobraría poquísimos. Aquello lo hacía porque un porcentaje de lo que lograse cobrar me lo daban y yo lo daba para financiar la construcción de Torreciudad. Supongo que mi aportación final sería absolutamente ridícula. Pero cuando uno ve ahora Torreciudad, piensa: “Hombre, yo aporté algo pateando Oviedo hace mucho años“. Lo económico no importa, pero poner ahí la ilusión de un niño de 13 años de poder colaborar con un proyecto que le excede con mucho y que tiene una gran trascendencia es algo que merece la pena por sí mismo.

Venir a Peñavera me abrió horizontes que quedan para toda la vida, como actitudes de generosidad, de preocupación por los demás, de responsabilidad social. Además, tuve la suerte de que en Peñavera de Mieres nos relacionábamos gente muy diversa. Íbamos a estudiar, de pantalones cortos todavía. Había mineros, estudiantes de la vieja escuela de Mieres... Personas de cultura, edad y formación muy distinta.

Recuerdo una anécdota que he contado mucho por ahí .Había un minero que estaba aprendiendo a leer; leía muy mal. Y yo a veces le daba clases, le ayudaba. Y le pregunté que por qué se empeñaba, a su edad, en aprender a leer. Y me dijo que si no tuviese facilidad para la lectura no podía leer con aprovechamiento los Evangelios y los libros espirituales que se le aconsejaban.

Eso de una persona mayor, muy curtida por la vida, ponga interés en aprender, en mejorar, en adquirir el hábito de leer para una finalidad mucho más alta, es un ejemplo paradigmático de que todos, debidamente cultivados en un ambiente adecuado, podemos dar de nosotros mismos mucho más de lo que a veces pensamos.

Ese incentivo para abrir la cabeza, para marcarse ideales, para relacionarse con los demás, es una herencia que queda después de pasar por un sitio como Peñavera. Y creo que ninguno de los que hemos tenido la suerte de disfrutarlo lo agradeceremos suficientemente en la vida.

Otra característica de Peñavera, que ahora recuerdo de mis tiempos jóvenes, es que se nos enseñaba, con los hechos y con el ejemplo, a tratar a los demás como personas. Es un hábito que, interiorizado a edades prontas de la vida, marca positivamente nuestra actitud. A lo largo de la vida, que me ha llevado por unos sitios y otros de la geografía española y he trabajado en cosas muy distintas, siempre he mantenido el esfuerzo de tratar a las personas que me rodean como personas.

Uno puede tratar a la gente como subordinados, cómo números, cómo uniformes; o puede intentar tratarlos como personas, viendo en cada uno lo que puede dar de sí, cuál es su mejor sitio, cuáles son sus virtudes o defectos, la manera de impulsarle a ser más eficaz. Esa virtud la aprendí en Peñavera, donde había gente mucho mayor que yo perdiendo horas que podía dedicar a su ocio, a su formación profesional, a su familia en intentar extraer de nosotros lo mejor que podíamos dar. Intentar eso con chavalines de 13 y 14 años exige, evidentemente, una paciencia de santo. Pero seguro que conseguían muchas cosas.

Esa actitud, de la que uno normalmente seda cuenta cuando pasan los años, porque a esas edades das por supuestas cosas que no deben darse por supuestas, fue par mí siempre un ejemplo que recuerdo de cómo todos tenemos una gran capacidad de dedicamos a hacer el bien por los demás; de que merece la pena “perder” el tiempo – perder entre comillas- por ayudar a los demás; de que merece la pena hacer el esfuerzo de no fijarse sólo en las cosas negativas de las personas que nos rodean, sino poner esfuerzo serio en extraer de ellas toda la potencialidad de cosas buenas que tienen. Eso son hábitos, formas de ver la realidad, formas de relacionarnos con los demás, que yo aprendí en Peñavera y que –repito-nunca podré agradecer lo suficiente.

Por eso, el esfuerzo que hacéis los padres, los directores de Peñavera, ese esfuerzo grande que a veces cuesta mucho, por mantener la actividad de un club como éste, por mantener viva a la asociación que le anima, es un esfuerzo que probablemente nunca podréis medir ni vosotros mismos en su eficacia social. Pero os garantizo que, con la visión de quien algunos datos tiene de cómo funciona la sociedad, es de una eficacia inmensa, muchas veces más por la organización de esta sociedad, por la ampliación de valores éticos en una labor que puede parecer callada, discreta, como es la que se hace aquí, pero por tocar en el fondo de las personas, allí donde se definen los hábitos morales e intelectuales conforme a los cuales actuamos, es una eficacia mucho mayor – con perdón de la concejala de Bienestar Social- que los programas públicos de atención social. Porque esos, por buenos que sean, son más superficiales. Aquí se toca el meollo de la esencia de cómo son las personas. Y más en la medida en que lo hagáis con gente joven, en el momento en que se están formando. Y eso, repito – y me pongo como ejemplo de ello-, dura para toda la vida, llévente a donde te lleven los vientos y caminos de la vida.

         Por tanto, no sólo no he hecho ningún esfuerzo por venir desde Madrid a aquí, sino que estoy encantado de venir. Para mí, es un honor estar con vosotros, porque creo que la labor que se realiza desde Peñavera a todos es de una inmensa eficacia social.

         Otra cosa que yo aprendí en Peñavera es a valorar el trabajo. Gracias a Dios, he visto en mi casa siempre, en el caso de mi padre y de mi madre, un inmenso esfuerzo permanente de trabajo, incluso más allá de las fuerzas humanas. Aprendí el sentido de eso que veía en mis padres; para qué sirve de verdad trabajar lo entendí en Peñavera. El trabajo tiene una dimensión de humanización, sobrenatural, que va mucho más allá de su eficacia, de ganar dinero. Y eso ha dado también un sentido a todo lo que he intentado hacer en mi vida, mi labor social, profesional e intelectual, que probablemente sin haber pasado por Peñavera podría habérseme ocultado.

         Por eso, también desde esa perspectiva de enriquecer la propia vida, creo que en el poso de que se deja en la Asociación de Peñavera es un poso que dura para toda la vida, repito, llévenos donde nos lleven luego a cada uno los derroteros de nuestra biografía.

         Otra característica, y ésta es la reflexión de un político, que aprendí en Peñavera y me sigue gustando mucho, es lo que aquí llamaban unidad de vida. Una de las constantes de la formación humana y religiosa que nos daban en Peñavera era la de explicarnos que uno no podía compartimentar su vida. Uno tiene distintas dimensiones a la hora de analizar la vida de una persona y de enfocar su vida intelectual, su vida profesional, su vida familiar, su vida como vecino, etcétera.

         Pero la persona no se puede compartimentar así. En Peñavera nos enseñaban, y doy por supuesto se sigue enseñando, que debemos ser hombres íntegros, de una pieza, siendo leales a nuestras propias convicciones absolutamente en todos los ámbitos de la vida. Y, lo digo como reflexión de un político, que hay veces que se da por supuesto que en la vida pública, en la vida política, uno tiene que ser obligatoriamente hipócrita, como si fuese obligatorio guardarse la propias convicciones para ser políticamente correcto.

         Y, sin embargo, no es así. Precisamente, uno tiene más obligación, si cabe, al estar expuesto a la opinión pública, de demostrar ante ella que actuar con coherencia, que sigue defendiendo como bueno en público lo mismo que identifica como bueno en privado y que sigue llamando a lo malo, malo; a lo falso; y a lo verdadero, verdadero, tanto en su vida privada como en su función pública.

         Esa actitud de coherencia, de necesidad de sentirse legítimamente orgulloso de la herencia recibida y de los parámetros con los que uno ha realizado su propia vida -temas laborales, religiosos y familiares, etcétera-, tanto en público como en privado, también lo aprendí en Peñavera. Y eso me está ayudando muchísimo en mi vida.

         Estoy repasando las cosas que yo recuerdo como más importantes. Evidentemente, a cada uno que pasa por un ámbito de formación como es Peñavera le marcarán unas líneas de trabajo, se sentirá más impactado por algunas ideas. Yo me centro en aquellas que no solamente más me impactaron, sino que veo con los años que más juego me dan en la vida.

         Otra cosa muy importante que aprendí en Peñavera es que Dios es importante en la vida de las personas. Evidentemente, tenía una formación religiosa adquirida en mi familia, pero el interiorizar la convicción de la presencia de Dios continuamente en todo lo que hacemos es un hábito que se me quedó en Peñavera, dentro de esta idea de la unidad de vida. Y eso debo agradecerlo mucho. Luego en la vida, y a vosotros os pasará como a mí, se encuentran dificultades, enfermedades, dolor, desgarros, situaciones difíciles... Y, en ese momento, la clara conciencia de que el hombre nunca está solo no es un apoyo psicológico, es un apoyo físico, real, como Peeñavera.

         Por todas estas cosas, creo que la actividad que se hace en un centro como éste es de una eficacia social inmensa. Por eso el Ayuntamiento debe subvencionaros. Estáis siendo, de verdad, eficaces en una sociedad que, además, está profundamente preocupada porque en ella se extiende, de una forma llamativa, lo contrario del espíritu que anima a Peñavera. En este momento, es un debate que se realiza en las Naciones Unidas, en el Consejo de Europa, en el Parlamento Europeo, en el propio Parlamento de nuestra nación en Madrid, el debate sobre cómo lograr que en nuestra sociedad – en todo occidente, no solo en España- cada vez más desarticulada, donde cada vez es más frecuente el desarrollo de biografías solitarias, donde la ruptura de los matrimonios deja niños abandonados, donde las personas de la tercera edad no encuentran un acogimiento cariñoso en muchos sitios, donde la violencia juvenil se desarrolla incontrolada los fines de semana, donde crece la droga, donde los enfermos de sida que no hay quien los atienda, etcétera.

         Y a los poderes públicos nos preocupa. Naturalmente, reflexionamos sobre los documentos, estudiamos este fenómeno, intentamos buscarle soluciones. Lo que pasa que cuando un fenómeno de este estilo –la interiorización en las sociedades occidentales modernas de la desestructuración social, de la ruptura de los lazos entre las personas- se extiende hasta cierto punto que yo creo que ya hemos llegado a él, es muy difícil recomponerlo desde el poder público. Desde el poder público se puede ayudar de alguna manera a cortar esa tendencia, a laminar su fuerza disgregadora, pero es imposible materialmente recrear el espíritu que lleva a que las personas sean solidarias unas con otras. Y eso sólo se puede hacer allí donde las personas, de verdad, conectan con las familias.

         El Papa Juan Pablo II suele decir, con gran acierto, dicho sea de paso, que la humanidad se juega su futuro en la subsistencia y fortalecimiento de la familia. Esto puede sonar a retórico o utópico, pero da una razón que es muy verdadera: porque la familia es, en estos momentos, en nuestras  sociedades, el ámbito de personalización y libertad. Hemos organizado las estructuras sociales y personales con unos criterios cada vez más mercantilistas. Nos acostumbramos a relacionarnos unos con otros bajo el criterio de “te doy tanto como recibo de ti. Te doy si recibo de ti”. Esa relación, mercantilizada, utilitaria, que cada vez más determina las relaciones sociales, sólo tiene una excepción clara y permanente, que es la familia. En la familia todos nos relacionamos como personas, dándonos sin limitación, al margen de lo que recibamos de los demás, por el mero hecho de que los demás son quienes son.

         El padre y la madre, entre sí y con los hijos, se dan y se entregan, sin limitación, sin esperar nada. Tratar a otro al que nos rodea, como alguien digno por sí mismo, al margen de que sea útil o inútil, que esté enfermo o sano, que sea anciano o joven : esa es la clave y la esencia de la familia, tanto del vínculo que la origina, que es el amor, como el vínculo que la hace permanecer. Ese volcarse unos con otros dentro de la familia, personaliza. Quien vive en familia ve a los demás como personas; quien vive en familia esta acostumbrado a ver a los que le rodean como alguien que es digno por sí mismo, que necesita atención, protección y cariño. Quien forma esos hábitos, luego los traslada a su vida profesional y social.

         Pues bien, en la medida en que Peñavera, una asociación movida y empujada por padres de familia con conciencia familiar, ha interiorizado también  estos hábitos y ayuda a los niños y a los jóvenes a que se relacionen viéndose mutuamente como personas, como alguien digno de ser respetado, está recreando- en una labor de una gran eficacia que no se puede medir- esos hábitos que necesita nuestra ciudad, hábitos de personalización, hábitos de entrega a los demás, hábitos para ver que merece la pena siempre el esfuerzo de hacer algo por el de enfrente: con el dinero, con el, afecto, con la sonrisa, con la palabra, con el ejemplo, con lo que sea.

         Eso se aprende en la familia; eso se aprende –siempre se ha aprendido- en Peñavera. Y, en ese sentido, la familia, y Peñavera como proyección de familias, es de una gran eficacia social. Tengo la ilusión, aunque no puedo demostrarlo, de que cada vez que una persona sonríe a otra, cada vez que una madre da un biberón a un niño, cada vez que un padre trabaja un poco más, hasta la extenuación, para mantener a su familia, cada vez que un profesor dedica un esfuerzo, por encima de su cansancio o su agotamiento, un poco más de tiempo a un niño; cada vez que ayudamos a una ancianita a subir a una escalera; cada vez que somos capaces de contener un gesto de ira o de preocupación frente a los demás ...  haciendo que en mundo se viva un poco mejor.

         Estoy convencido de que los gestos de amor, los gestos de entrega a los demás, los gestos de sacrificio – fundados en que los demás merecen ese sacrificio- son la urdimbre del gran tapiz de la vida. Probablemente, cada uno de nosotros vemos solo una parte muy pequeña de ese tapiz, la parte de atrás, que es la urdimbre, el cañamazo. Pero con la perspectiva de quién está viendo el esfuerzo, la unión de todo lo que estamos haciendo, esos gestos tan cotidianos, pero vistos por el otro lado, estoy seguro de que está viendo una imagen preciosa.

         Yo os diría: sentíos muy orgullosos de lo que hacéis aquí. Sed conscientes de que es de una inmensa eficacia para el conjunto de la sociedad. Seguid con ese esfuerzo, porque estáis haciendo que de verdad, y eso es lo que importa y es eficaz, se humanice esta sociedad. Y eso es lo que necesitamos.

         Gracias a todos por el esfuerzo que habéis hecho, gracias por sacar a Peñavera adelante, gracias por haberme invitado a estar aquí. Mucho ánimo para seguir trabajando.

         Queda inaugurada la nueva sede de Peñavera.

Carlos Martínez, sembrador de Paz y Alegría desde su pescadería de Oviedo
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